EL ABANDERADO DE TUYUTI.
A las 4 de la tarde de aquel 24 de mayo de 1.866 la tragedia terminaba, cinco mil cadáveres paraguayos llenaban el Bellaco y las lomadas de Tuyutí.
El capitán José María Delgado había mandado los jinetes que atacaron el flanco izquierdo del invasor. A última hora sus regimientos estaban destrozados, después de una serie de furiosos asaltos.
De uno de ellos no quedaba sino un soldado en el campo de batalla. Y ese soldado sostenía en sus manos la bandera de su cuerpo.
Los brasileños lo vieron al ir a lanzarse al estero, para salvarse con ella.
Era un mocetón, apenas salido de la infancia.
A pie, semidesnudo, sin el morrión de cuero, cubierto de heridas, llevando en una mano la bandera y blandiendo en la otra el largo y filoso sable, brillaba en sus ojos la más iracunda fiereza.
Era el único que sobrevivía a los cuatrocientos compañeros que se habían precipitado sobre el invasor, al iniciarse la batalla.
Rodeado de enemigos, ya no pensó en la vida.
Una sola cosa le preocupaba: la bandera. ¿Cómo salvarla?
Empezó por arrojar su espada, armándose con el asta de la enseña confiada por la suerte a su honor y a su patriotismo.
Arrancó después la bandera, tratando de ocultarla bajo su brazo izquierdo.
Todo esto pasó en un minuto, mientras los brasileños, saltando sobre los muertos, llegaban hasta él, intimándole a gritos, llenos de soberbia a que se rindiera.
El muchacho paraguayo, el soldadito abanderado, el último sobreviviente de un regimiento ya extinguido, hizo un esfuerzo supremo, abalanzándose, lanza en ristre, sobre los que le rodeaban, y tratando de abrirse camino.
El estero, el profundo estero, no era una esperanza de salvación. Pero quería llegar a él. Todo su empeño estaba en poder arrojarse en medio de sus sangrientas aguas. Allí moriría, fatalmente, bajo una lluvia de balas... pero creía poder salvar la bandera que oprimía sobre su corazón! Y esto era todo. . .
El cañón tronaba todavía. Y la fusilería crepitaba a lo largo del matadero humano.
La tarde, tarde fría, de crudo invierno, declinaba.
El abanderado paraguayo había sucumbido, aplastado por el número de sus tenaces adversarios.
Estaba caído. A su lado el asta de la bandera, rota la moharra, para nada le servía.
Aún vivía, con el cuerpo cribado, ciego por la sangre que manaba de su frente, abierta por ancha y profunda herida.
Los brasileños se detuvieron, llenos de espanto, ante aquel loco heroísmo.
Y el soldadito aprovecho su estupor para destrozar la bandera con los dientes. La vida no le preocupaba. No se trataba ya de vivir. Se trataba de que no cayera en manos del enemigo la bandera de su regimiento!
Cuando, por fin, llegaron hasta el, estaba muerto.
Y cuando fueron a levantarle, llenos de piadosa admiración, encontraron todavía un girón de la bandera entre sus dientes, y el resto de ella, confundidos sus colores en un solo tinte de púrpura, bien sobre su corazón, oprimido entre sus crispadas manos!
La lucha había concluido.
La noche más triste de nuestra historia cayó sobre aquel héroe desconocido, mientras el general Osorio recibía un andrajo de bandera, que entregaba, poco después, al almirante Tamandaré, junto con la relación de este conmovedor episodio, para que fuera guardada, como una reliquia de la abnegación de un pueblo, en un museo de su país.
Tal fue el último acto de la tragedia de Tuyutí.
En una correspondencia, publicada en “La Nación Argentina” de Buenos Aires, el 12 de Junio de 1866, se lee lo siguiente:
«El general Osorio mandó entregar al Visconde de Tamandaré parte de una bandera paraguaya. Esta bandera fue tomada (el 24 de Mayo) por el asistente del capitán ayudante de Osorio, y el paraguayo que la trajo al combate sucumbió peleando valientemente, empleando, después de haber caído en tierra, los últimos momentos de vida en hacer trizas con los dientes la bandera para que no cayera en poder del enemigo.
El general Osorio colocó en ella un papel, explicando el hecho, y tanto a él como al Vicealmirante les he oído lamentar la muerte del valiente paraguayo, de tal modo que creo que el soldado que le dio muerte hubiese sido castigado a no haber probado que había combatido con el enemigo, a arma blanca, y que en ese combate recibió dos heridas gloriosas, viéndose en la necesidad de herir de muerte a su enemigo para arrancarle la bandera…
Cuando el paraguayo cayó atravesado de una estocada, el brasilero le intimó que se rindiera, pero aquél, en vez de contestar, empleó, como he dicho, sus últimos momentos de vida en romper con los dientes la bandera que le había sido confiada*.»
EJEMPLO DE UN VERDADERO PARAGUAYO QUE DEFIENDE A SU PAIS HASTA LA MUERTE SIN NUNCA JAMAS RENDIRSE.
HONOR Y GLORIA A ESTE SOLDADO PARAGUAYO QUE NUNCA SE RINDIÓ!


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